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Donald y el sello magenta

Artículo de ©Luis Fernando Díaz

En una de las reuniones de la Asociación Filatélica de Costa Rica, en el segundo semestre de 2014, algunos de los colegas comentaron que recién se había vendido la estampilla conocida como el sello magenta, que es el nombre que se le da, popularmente, al único ejemplar conocido del valor de un centavo de la Guyana Británica (British Guiana) emitido en 1856 (Scott # 13) e impreso en papel color magenta (color rosado oscuro, rojo púrpura o fucsia). El valor de remate fue la suma de US$9 480 000 (¡casi 9 millones y medio de dólares!), aparte de impuestos a las ventas o al valor agregado.

El sello magenta se vendió en la casa de subastas Sotheby’s en New York el 17 de junio de 2014. La estampilla, que mide 29 x 26 mm (aquí se reproduce ampliada) fue recortada en su primera época para darle forma octogonal, muestra una cancelación circular de Demerara con la fecha 4 de abril de 1856.
De inmediato vinieron a mi mente algunos recuerdos relacionados con la historia de esta estampilla. También pensé que esas eran historias propias de nuestra afición y que sería placentero compartirlas con los seguidores del blog "La Lupa".
Dentro de ellos destacan el recuerdo de una revista cómica –del Pato Donald– que leí cuando tenía unos diez años, y, de manera muy especial, una reseña reciente sobre la autenticidad del sello magenta escrita por Christopher –Chris– Harman, publicada en The London Philatelist de abril de 2015.
  • El Pato Donald y mi inclinación por la filatelia
Hace mucho tiempo ya, mediados los años 50, en la pueblerina villa de San Vicente de Moravia (Costa Rica), acomodada alrededor de un beneficio de café, con una sola escuela frente a la cual estaba la plaza común donde se apacentaban unas cuantas vacas, que solo tenía asfaltada su calle central, sin televisión y pocas otras diversiones; ir al cine, a la matinée –a la una y media–, nos llenaba buena parte del domingo, la otra era ir a los potreros a comer guayabas, o a nadar a las pozas del Río Virilla: la Héctor, los Manzanos.
Pero, ir al cine era mucho más que ver una película de vaqueros, como las de Roy Rogers o Gene Autry, o de “miedo” (decíamos), como El Monstruo de la Laguna Negra (1954). Era un lugar de reunión donde nos juntábamos “güilas” de todos los barrios, y las razones para hacerlo eran todas, desde juntarse por juntarse, o para planear la siguiente “guerra” contra los de los barrios vecinos de San Gerardo o El Alto de Guadalupe, o para ver la película, comerse un helado en la Soda de Delio (la Soda Dorita), o cambiar algunas revistas.
Las revistas eran un capítulo aparte, pero principal. Si teníamos bastantes y lográbamos vender algunas, a veces alcanzaba para ajustar el “cuatro” (por cuatro reales, equivalente a cincuenta céntimos) que costaba la entrada al cine. Pero igualmente intenso era el mercadillo de canje. Las cambiábamos permanentemente, las leíamos y las volvíamos a cambiar. Las de Supermán y las de Tarzán eran las preferidas de todos. Pero había alguna del Pato Donald que a mí me resultaba fascinante. Hace años que se me ha perdido, pero la recuerdo todavía con bastante detalle. Se trataba de la caza de un ídolo de oro en la jungla de la Guayana, emprendida por Donald y sus sobrinos, quienes iban, según la historieta, tras el famoso “sello magenta”.
Tal vez no fue ese mi primer contacto con el coleccionismo. Los filatelistas viejos de la familia materna, Rafael Roig, el tío abuelo y el grupo de primos y hermanos mayores de mamá, Rodolfo Jiménez y Martín Chaverri, siempre tenían sellos y catálogos a la vista; y nosotros, en el barrio, lo atesorábamos todo: piedras, mariposas, cajetillas de cigarrillos. Y todo valía dinero… creíamos nosotros.
Pero el sello magenta sí que era una quimera. Era imposible no imaginarse ser algún día dueño de tal maravilla. Muchos de aquellos niños del baby boom de los cuarenta y los cincuenta –hijos de esa nueva prosperidad de la posguerra y de la Segunda República, herederos de la nueva clase media que surgía de los obreros y campesinos que se ponían zapatos, se urbanizaban y tenían acceso a las escuelas, como generación, por primera vez–, muchos de verdad, encontraron un mundo nuevo, de alternativas sugestivas en todos los espacios, el cine, la moda, los viajes y la multitud de nuevos escenarios sociales y culturales. Algunos descubrieron la filatelia, algunos fueron de la mano del Pato Donald
¡Negocio! ¡Más de cincuenta mil pesos! –decía Donald.
  • El papel del experto en filatelia
Una cosa muy diferente, por supuesto, es la filatelia en la que vive Christopher Harman, una filatelia muy distinta de la del Pato Donald. Chris es un estudioso de la filatelia. Es un experto de verdad. Es reconocido como tal en los órganos de la Federación Internacional de Filatelia FIP y es parte de la comisión de expertización de la Royal Philatelic Society de Londres.
Yo he compartido un par de veces con Chris Harman en actividades en ese campo. En la Segunda Convención Filatélica realizada en Malmö, Suecia, del 27 al 29 de abril de 2012, tuve el privilegio de escuchar su exposición sobre el tema del Tratamiento en la Clase de Filatelia Tradicional. Recuerdo de ella valiosísimos consejos y en especial su idea sobre el impacto subconsciente del tratamiento como variable en la calificación de colecciones, la cual ilustraba con puntajes en la tabla de evaluación. Luego compartimos numerosas actividades incluyendo el recorrido a pie por la nueva zona portuaria de Malmö, junto a otros grandes filatelistas como Jaimie Cough, Damian Läge y David Braun. Y largas conversaciones.
Un año y medio después, coincidimos en el Comité de Expertos en la Exposición Brasiliana 2013 en Rio de Janeiro. Lo más sorprendente en su trabajo era el orden, la meticulosidad y el ritmo que le imponía; los otros, todos algo más jóvenes lo mirábamos y atendíamos, tratando de aprender de su sapiencia y dominio de las diferentes áreas y especialidades.
Lo interesante ahora es que Chris ha escrito una breve reseña del segundo certificado de autenticidad emitido para el sello magenta por el Comité de la Royal Philatelic Society, publicada en The London Philatelist de abril pasado. Me parece que este es un certificado inevitable; quiero decir un certificado que no hubiera podido pronunciarse respecto del sello de forma diferente que se hiciera la primera vez en octubre de 1935. Es reconfortante (para los dueños, los subastadores y la Royal), me imagino, confirmar, mediante el certificado, que el sello es el mismo. Eso queda claro del artículo de Chris. Pero es muy llamativo que detalla por lo menos tres características que lucen, a criterio de los expertos, difíciles de explicar. Dos de ellas, por lo menos, reportan cambios del sello original. Uno es un cambio en la apariencia (¿y la textura?) de la superficie, que originalmente se percibía rubbing/rubbed (¿borroso/borrado?) ahora se encuentra reducida. Coincidente es un repintado del sello, atribuido a la época (y a la familia) cuando el sello se encontraba en la colección Ferrari (1878–1920); este repintado de color fucsia profundo atraviesa la estampilla y se muestra con fuerza al dorso. Finalmente, hallaron numerosos sellitos de hule y firmas (de propietarios, más que expertos) y, por lo menos uno de ellos les resulta irreconocible.
Una lección me parece que nos queda: que el trabajo de experto es delicado, muy difícil, que debe poseer no solo las competencias especializadas inmediatas, sino que debe contar con la capacidad de entenderlas en el contexto histórico, la forma en que cambian los especímenes en las colecciones a lo largo del tiempo. ¿Quién sabe si hoy seríamos capaces de reconocer la importancia de una estampilla similar a esta, recortada, rota, desteñida, fea, si nos la encontráramos de pronto en una caja de zapatos?
  • Por si hacía falta abundar…
En estos días se han publicado también los resultados de la venta del resto de la colección du Pont, donde residió el sello magenta de 1980 a 2014. John E. du Pont murió hace unos pocos años en la cárcel y la colección se dispersó y parte importante fue vendida el 27 de junio de 2015 en Ginebra por David Feldman.
Entre otros, fueron subastados los siguientes:

Guyana Británica, 4 centavos provisional de 1856 impreso en negro sobre superficie azul barnizada, usado en sobre, dirigido a Sophia's Hope Estate, Mahaicony, con una cancelación muy tenue, fechado el 30 de octubre de 1856. Se vendió en 288 000 euros.

El mismo sello de 4 centavos impreso en negro sobre superficie azul. Tipo 3 con márgenes amplios. Tiene una marca del empleado postal y un fechador de Demerara del 27 de setiembre de 1856. Se vendió en 204 000 euros.
No nos cabe duda que la Filatelia ha venido enfrentando una crisis importante de reclutamiento y mantenimiento de nuevos coleccionistas. Pero también es obvio, cuando se analizan historias como las que hemos recopilado, que nuestros coleccionistas comunes no aspiran a ser parte de la cacería del sello magenta, que el Pato Donald aspiraba más a ser inversionista (aquel que desea conservar el valor de sus posesiones en bienes con altos rendimientos y mucha liquidez), que a ser un filatelista como somos nosotros en estos días, enamorados de los sellos, estudiosos, con deseos de exhibirlos (y recibir parabienes) y de conservarlos… para siempre, tal vez.
  • Colofón
Después de todos estos acontecimientos, en ocasión de dos exposiciones filatélicas en Estados Unidos (Napex 2015 en Washington y la Mundial de la FIP New York 2016), he gozado de la oportunidad de ver el sello magenta y discutirlo con mis nietos adolescentes. Es imposible no confesar el asombro que causa su presencia, una especie de imposición icónica. Aunque, al mismo tiempo, es igualmente inevitable la reflexión “lástima de dinero; me gusta más mi colección”.





Referencias


2 comentarios:

luis escalante dijo...

Muy bonito el artículo de Luis Fernando sobre todo porque extrae recuerdos que todos los que participamos de las bellezas de la Filatelia hemos tenido en algúb momento
Luis Escalante

Paco Piniella dijo...

Es un placer leer a Luis Fernando, no solo es filatelia es literatura, historia. Esperemos siga colaborando en el blog. Gracias.